Actualizado a 24 de febrero de 2026
Si la parte técnica del marketing nos sumerge en métricas, funnels y automatizaciones, cuanto más digital se vuelve, más evidente resulta que su materia prima sigue siendo la misma de siempre: la percepción humana.
Y cuando hablamos de percepción, poder, relato y visibilidad, la figura de Nicolás Maquiavelo ilumina inevitablemente el escenario.
Quizá por eso resulta tan incómodo como necesario. Maquiavelo no escribe sobre cómo deberían ser las cosas, sino sobre cómo funcionan realmente. Y en tiempos de exposición permanente, esa mirada despojada de idealismo se vuelve especialmente valiosa.
Sería tentador llevar este análisis al marketing político, donde el maquiavelismo encuentra su terreno natural. Pero no entraremos en terrenos fangosos ni delirantes.
Vamos a centrarnos en algo más cercano: el marketing digital.
Maquiavelismo: la política de la percepción
Maquiavelo partía de una idea radical en su tiempo: las personas no juzgan desde el razonamiento profundo, sino desde la apariencia.
En el libro El Príncipe, el autor insiste en que la mayoría no tiene acceso a la verdad completa de las cosas, solo a lo que se nos muestra. Por lo tanto, quien aspire a influir debe comprender y dominar esa superficie visible.
En el contexto del marketing digital, esto resulta de vigente actualidad:
- gana quien ocupa más espacio en la mente, que no tiene por que ser el mejor
- se elige lo que resulta reconocible y familiar, no lo que aporta valor
- se comparte lo más fácil de contar, aquello que puede convertirse en historia antes que en argumento
Desde un punto de vista maquiavélico, el marketing digital entiende que:
- la atención es escasa
- la competencia es constante
- el relato es una forma de poder
Y es que el algoritmo no premia la virtud; premia la reacción. Hacer bien las cosas, no es garantía de éxito. Hay que parecer relevante en el momento adecuado.
El riesgo del maquiavelismo sin freno
Llevado al extremo, este enfoque convierte al marketing en puro teatro:
- promesas exageradas
- autoridad inflada
- discursos que se adaptan a la tendencia del día
Esto funciona durante un tiempo, pero cuando todo es estrategia y nada es convicción, la marca queda vacía; se vuelve intercambiable y cínica. Y una vez rota la confianza, la visibilidad deja de tener sentido.
El contrapunto estoico: carácter antes que resultado
Frente al maquiavelismo, aparece el estoicismo con una propuesta casi opuesta.
El estoicismo propone acuparnos de lo que depende de nosotros mismos y aceptar lo demás.
Aplicado al marketing, el enfoque estoico:
- promete solo lo que puedes controlar
- define límites éticos y profesionales
- piensa en el largo plazo, incluso cuando el entorno exige inmediatez
El estoicismo aporta estructura interna; una identidad clara guiada con calma estratégica.
Pero también tiene un punto débil evidente: el mercado no recompensa automáticamente la integridad. Puedes ser honesto y competente, pero seguir siendo invisible.
La necesidad de ambas corrientes
Aquí es donde vemos que el marketing digital exige dos planos simultáneos.
El primero es interno, donde se decide qué hacer, cómo y por qué. Y el segundo es externo, donde se muestra, enfatiza o se silencia.
El estoicismo gobierna el primero, y el maquiavelismo, el segundo. Separados fallan porque el estoicismo sin estrategia comunica poco y tarde. Y el maquiavelismo sin ética, comunica mucho pero se agota rápido.
Así que unidos forman una alianza sólida:
- ética sin ingenuidad
- visibilidad sin impostura
- narrativa sin traición
Para acabar
Sino todo lo verdadero queda visible a simple vista, no todo lo visible es verdadero. Entre estas frases se mueve la comunicación digital.
Por eso entre el ruido, se hace necesario el pensamiento.
Y entre el cruce del maquiavelismo y el estoicismo, empieza la comunicación que permanece en el tiempo.
(Nota: imagen de portada gentileza de faraindahouse en Pixabay)


Tiempos de estoicismo